IGNACIO A. CASTILLO. MÁLAGA Pasan las noches en vela, esperando escuchar la puerta para quedarse tranquilos. Algunos se hacen los dormidos. Otros, sin más, aguardan en el salón y los ven llegar. Puede que entonces no se crucen ni una palabra. Ni falta que hace. Las explicaciones esperan a la mañana siguiente... o a la tarde. Depende de cuando suene el despertador. No son suficientes. Están preocupados y quieren saber con quiénes salen y por dónde se mueven, si fuman y lo que fuman. Si beben, y lo que beben. ¿Qué hacen los hijos cuando no están en casa? La mayoría de padres intenta confiar en sus hijos o se queda con la incertidumbre, pero no todos. Los hay que optan por contratar los servicios de un detective privado para controlarlos. En verano aumentan los casos que llegan a las agencias, ya que en estos meses los jóvenes salen con más frecuencia.
¿A la biblioteca o a la discoteca? La vigilancia de los adolescentes por parte de detectives se lleva a cabo, sobre todo, en las grandes ciudades. Y los dispositivos suelen confirmar las sospechas de los padres. La crisis, sin duda, también afecta a estos despachos. «Cada vez recibimos menos casos de particulares», explica David Montero, de Adima, que precisa que en estas investigaciones se recogen indicios, «más que pruebas», que se quedan en el ámbito familiar.
El seguimiento de un menor durante un fin de semana puede costar entre 900 y 1.200 euros. Es una inversión importante que muchos padres la dan por bien empleada si gracias a ella pueden corregir las conductas de riesgo de sus hijos. ¿Pero no se estaría violando el derecho a la intimidad del menor?
M. A. Jiménez, de Ache Detectives, se plantea este dilema pero asegura que los padres tienen derecho a realizar esta intromisión, «desde un punto de vista legal y moral». «Aunque nunca acept0 casos en los que me piden que investigue si un hijo mantiene relaciones sexuales; es más, si durante algún seguimiento descubro por ejemplo que el chico se va a un hotel con una chica, evito incluirlo en el informe que les entrego a los padres», añade.
En todo caso, lo que más preocupa a los adultos es el alcohol y las drogas. Y, sobre todo, las malas compañías. «Son jóvenes débiles de espíritu y, por su forma de ser, se dejan influenciar», señala Manuel, de A1 Investigadores Privados.
Los detectives consultados por La Opinión de Málaga han vivido casos de todo tipo y podrían escribir varios libros de anécdotas. Hay ciertas actitudes de los adolescentes que no dejan de sorprenderles, sin embargo. Niñas de 15 años que salen de casa «muy modositas», que entran en casa de una amiga y salen las dos maquilladas, con tacones y con otro vestido. «Entró una niña y salió una mujer completamente irreconocible», explican. También recuerdan el caso de unos menores que se dedicaban a robar motos, que desguazaban y vendían por piezas. Otros que sustraían móviles... y, quizás, el más dramático de todos: «Descubrí a varias jóvenes, ya mayores de edad, que ejercían la prostitución para mantener su ritmo de vida, porque sus padres no les daban la paga», rememora M. A. Jiménez.
Muchos de ellos acuden a las llamadas discotecas light, donde no se les sirve alcohol, «pero sí hay muchos que salen a la calle, beben y vuelven a entrar». Otros, según estos detectives, intentan entrar en pubs y discotecas de mayores de edad. Por lo general, basta con un fin de semana para descubrir si, efectivamente, los padres tenían razón. «Se ponen muy nerviosos», afirma Manuel. Lo importante, a juicio de los investigadores, es que a estas edades los padres todavía están a tiempo de actuar.