Los modernos detectives privados no tienen una desvencijada oficina en el número 615 de Hollywood Boulevard, ni un viejo sombrerero, ni una secretaria pechugona, ni una máquina de escribir Remington, ni el nombre escrito sobre una puerta de madera con un cristal esmerilado: "Philip Marlowe. Detective Privado". Los modernos investigadores particulares, ya sea en Los Ángeles o en Londres, tienen despachos virtuales, operan a través de internet y su mejor negocio es tender trampas a maridos y mujeres infieles.
Cuatro de cada diez británicos engañan a sus parejas, y uno de cada cuatro matrimonios acaba en divorcio debido al adulterio, según estadísticas oficiales. Así que resulta perfectamente comprensible que los detectives privados en estas latitudes (y lo mismo ocurre en California o Alemania) pongan énfasis en descubrir las traiciones conyugales (o preconyugales), o en proporcionar coartadas perfectas para poder pasar el fin de semana con la amante sin que la media naranja tenga la más mínima sospecha.
A punto de pasar la página del año 2009, los detectives privados son en el Reino Unido parte de un negocio de la seguridad que mueve cuatro mil millones de euros al año. Un 80% de los miembros de la Asociación de Investigadores Británicos son ex policías, y el 20% restante ex militares, ex espías, ex abogados y ex periodistas. No hace falta sacar ningún tipo de licencia, ni tener ningún diploma o cualificación especial, ni saber manejar un arma de fuego porque –a diferencia de EE.UU.– están prohibidas. La tarifa promedio son 50 o 60 euros la hora, más si el trabajo es por la noche o de madrugada. Basta con tener un conocimiento básico de las técnicas de vigilancia (escuchas telefónicas, filmación de vídeos, obtención de fotos con teleobjetivo, intercepción de e-mails, introducción de programas en los ordenadores...), y sobre todo saber moverse en el borde mismo de la ley, o incluso del otro lado pero sin pasarse...
El trabajo de los detectives privados contemporáneos no tiene nada que ver con el de Sherlock Holmes, el inspector Clouseau o Hércules Poirot. No se trata de buscar a personas desaparecidas o resolver crímenes, sino de revelar fraudes a las compañías de seguros, cobrar deudas y, sobre todo, descubrir o facilitar infidelidades, las dos caras de la misma moneda. Los clientes buscan las agencias a través de internet (o por referencias de amigos y conocidos) en vez de ir a una tenebrosa oficina de un callejón solitario y oscuro de la City. Muchas ni siquiera tienen despacho, tan sólo un número de teléfono.
"¿Notas cambios en tu relación que sugieren la existencia de un affaire? ¿Se muestra tu compañero distante, preocupado, menos atento o menos interesado en el sexo? ¿Presta más atención de lo habitual a su aspecto físico, guarda un secretismo en torno a sus e-mails o llamadas al móvil? La duda te carcome y es hora de que sepas a ciencia cierta si tus sospechas tienen fundamento. Te presentaremos las pruebas y la confidencialidad está asegurada. Tu pareja nunca conocerá nuestra existencia. Atractivos agentes (de ambos sexos, gais y lesbianas) pondrán a prueba su fidelidad", dice el anuncio de una de las más populares agencias de detectives privados especializadas en tender trampas.
"Llegó un día que no podía aguantar más –dice Laura, una abogada de 38 años, casada desde hace siete–. Mi marido llegaba tarde a casa con todo tipo de excusas, me parecía oler perfumes extraños en su ropa, encontraba en las camisas pelos que no eran ni suyos ni míos... No me atrevía a preguntarle a bocajarro si estaba teniendo un affaire, porque carecía de pruebas. Pero hurgaba en los bolsillos de las chaquetas buscando papelitos con números de teléfono, me metía en su e-mail y en su iPhone... Me estaba volviendo loca. Un día vi en internet un anuncio de una agencia de detectives, y pagué una pasta para que una tía buenísima que respondía a su tipo –rubia, de ojos azules, alta, piernas largas, delgada...– intentara ligárselo en un pub al que va con los amigotes. Yo iba a estar en el campo visitando a mi familia, así que el anzuelo era perfecto".
Al cabo de unos días Laura pasó por la pequeña oficina de la agencia en el barrio londinense de Richmond como quien va a al médico temiendo que le digan que tiene cáncer. Allí estaba el sobre con los resultados de la trampa en forma de fotografías y un vídeo sonoro. Su marido invitó a la chica a tomar una copa, le lanzó un par de piropos y flirteó un poco. Pero cuando ella se le acercó para darle un beso, cortó por lo sano. Le dijo que la encontraba muy atractiva pero que estaba casado, y que por nada del mundo haría daño a su mujer.
"La mayoría de los casos no tiene, sin embargo, final feliz –explica Nick, un ex jugador de rugby que con frecuencia intenta seducir a chicas de cuya fidelidad dudan novios o maridos–. En nuestro negocio es cierto aquello de que cuando el río suena, agua lleva... A los clientes se les pregunta hasta dónde quieren que llegue la seducción, si un pequeño flirteo, conseguir el número de teléfono, salir a cenar o una cita en toda regla en la habitación de un hotel. La tarifa varía según las agencias, pero suele rondar los 400 euros".
Cuatrocientos euros es la diferencia entre la sospecha y la certeza, la verdad y la mentira, la lealtad y la traición. Es una trampa de la que con frecuencia ambos salen heridos, el cazador y su presa. Y es algo que Philip Marlowe probablemente no haría...


